Mi comunidad se reconecta con su esencia tras el paso de María

El sonido del martillo eléctrico en los paneles de madera, me recordaba que venía un huracán fuerte para Puerto Rico. Ese 19 de septiembre, luego de prepararnos lo mejor posible antes de la llegada de María, mientras todavía había calma y me tomaba mi tacita de café, reflexionaba tranquilamente. Pero esa quietud no duraría mucho, pues se asomaban unos vientos de categoría 5. ¡Y qué vientos! 

Los niños jugando mientras esperábamos que pasara el huracán.

Fueron horas interminables encerrados, literalmente, en un cuarto de la casa. Aunque nuestra residencia es de cemento y tenemos otras casas a nuestro alrededor y hasta algunas montañas, los vientos eran tan fuertes que parecía que iban a arrancar las ventanas. Se escuchaban objetos volando y sonidos que no podíamos descifrar. Al cabo de algunas horas ya no teníamos luz, ni agua y comenzaba lo que serían días interminables de una nueva historia para nuestro país.

Al levantarnos al siguiente día luego que el fenómeno ya había pisado las aguas del Atlántico al norte de Arecibo, muy cerca de nuestra residencia, parecía que había ocurrido algo apocalíptico. Lo que veían nuestros ojos era una destrucción tal que era difícil entender cómo Puerto Rico se levantaría y saldría de esta.

Decenas de años de adelantos en infraestructura, tecnología, agricultura, etcétera, colapsaron en un día, ese 20 de septiembre. El marrón era el nuevo verde, había postes caídos en cada esquina, casas sin techo por doquier, árboles inmensos yacían en el piso, y se respiraba un ambiente diferente.

Una nueva era

Luego de María, ya nuestras vidas no serían las mismas. Con solo mirar a nuestro alrededor y conversar con los vecinos, ya lo sabíamos, pues apenas había comunicación con el exterior. No podíamos ver noticias, leer mensajes ni llamar por teléfono. Solo se podía sintonizar una emisora radial de noticias, y a través de ella pudimos escuchar los estragos que había causado el huracán en la Isla. Era un escenario que podía ocasionar lágrimas hasta al más duro de corazón.

Esos días subsiguientes fueron bien difíciles en todos los sentidos: físicamente, emocionalmente y económicamente. Sentíamos que el Puerto Rico que conocíamos había hecho un retraso de varias décadas, y así fue. Todos los quehaceres del hogar que antes realizábamos con un esfuerzo menor, ahora eran más trabajosos pues no funcionaban los equipos que antes nos ayudaban: la nevera, la lavadora, la secadora, la estufa. No salía agua por las tuberías ni teníamos luz en las noches. Ni pensar servicio de internet.

Mi hijo ayudando a lavar ropa.

Esos primeros días de choque emocional y de no saber qué hacer, debieron pasar rápido pues teníamos mucho trabajo por delante en nuestros hogares y en la comunidad. Había que actuar, enrollarse las mangas y, como dice un refrán: coger el toro por los cuernos. De esta manera fue cómo Puerto Rico comenzó a alzarse, desde cada núcleo familiar.

Cada día tenía su propio afán, y continúan teniéndolos para cientos de familias que aún permanecen sin los servicios de energía eléctrica o sin hogar. El lavado de ropa parecía arrugar nuestras manos, el fregar los platos era toda una odisea, el bañarse con galones requería de paciencia y ya en la noche la actividad prácticamente finalizaba temprano. Nuestras vidas habían cambiado.

Sin embargo, esa “nueva era” o ese sentimiento de atraso, era la forma de vida de antaño. Así vivían siempre nuestros antepasados, trabajaban y eran felices. Pero no nos tenemos que ir lejos, esta es la manera como viven muchos hermanos latinoamericanos en Perú, Bolivia, Ecuador, Haití, entre otros, sin esperanza de que “les llegue la luz”.

La hermosura dentro del caos y la reconexión con nuestro entorno

Durante esos 101 días que no tuvimos servicio de energía eléctrica llegué a pensar que era hermoso todo lo que estábamos viviendo a pesar del caos y las dificultades. Los vecinos no dejaban de ayudarse y hablar, los niños no paraban de jugar afuera y la desconexión con la tecnología nos obligó a ver nuestro alrededor de una manera distinta. Volvimos a ser gente.

Mirar al cielo en las noches era mágico. El que nunca pudo distinguir entre la osa menor y la mayor, se hizo experto. Lavar la ropa a mano o fregar los trastes ya no era tan difícil o complicado pues habíamos establecido estrategias para hacerlo más eficiente. La comida tenía un sabor más criollo por el fuego de la estufita de gas.

Niños misioneros de nuestra comunidad llevando esperanza y ayudas a familias más necesitadas.

A pesar de la escasez, siempre tuvimos para comer y beber, pues entre vecinos todo era más llevadero. No había espacio para el aburrimiento pues todos teníamos deberes, pero a la misma vez compartíamos más, hablábamos más, incluso con nuestras propias familias.

En las filas de los suministros municipales, que se entregaban todas las semanas en las diferentes comunidades, las personas conversaban animadamente y se contaban sus experiencias. Esas esperas bajo el sol valían la pena pues al abrir las cajas nos encontrábamos con alimentos y agua que nos resolverían mucho durante esos días. Incluso esas ayudas llegaron directamente a nuestras casas e iglesias.

La oportunidad de colaborar y ayudar a otros en nuestra comunidad y áreas cercanas, era una bendición, pues nos permitía ser caritativos y brindar esperanza a los más necesitados.

Era muy grato visitar comercios que a pesar de las dificultades habían decidido abrir y continuar aportando a la economía de la comunidad.

¡Cómo olvidar las plantas eléctricas! Esos generadores que todavía están usando una gran parte de la población para subsistir. Los primeros días me negué a usarlos. Los siguientes días ya tenía un cable del vecino dándonos un poco de energía. Al tercer mes ya teníamos la nuestra, enviada por un familiar desde Estados Unidos, pues era necesario, lamentablemente. De esa manera, entre el ruido y los gases de monóxido de carbono, pasábamos parte de nuestros días y noches.

Mientras, ya las señales de los celulares e internet comenzaban a estabilizarse. De esta manera, la información y comunicación empezaba a fluir más. Cuando salíamos a la calle, se podían observar algunos negocios reabriendo operaciones y era un panorama más alentador. Así la economía local comenzaba a fluir. Incluso, nuevos comercios abrían sus puertas, lo que brindaba más esperanza y motivación para continuar.

Se podía observar un ánimo diferente. Sí había mucho cansancio pero no rendición. María nos dejó su furia y fuerza, pero también despertó en el boricua un espíritu de lucha y emprendimiento. No nos dejamos amilanar.

Aunque el 2018 será un año de depresión económica y gran éxodo de boricuas al exterior, no dejaremos de recordar lo que fue el 2017 para nosotros: un periodo de reconexión con nuestra esencia como pueblo y un tiempo para volver a cimentar unas bases de una manera sólida para arrancar con más fuerza.

Me gustaría conocer tu experiencia con el huracán María en tu comunidad o pueblo. Te invito a comentar aquí. Un abrazo solidario.

¡Fuerza Puerto Rico!

 

 

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